
…o cómo sobrevivir las vacaciones con la ayuda de amigos.
Muchas veces me dije que no haría un post sobre eventos precisos, pero estas últimas vacaciones merecen verdaderamente ser más o menos narradas por varias razones e incidentes.
Después de no haber salido en 5 meses de Francia, decidí gastarme un dinerito e irme por allá de vago tal como a mí me gusta.
Salí de casa corriendo, dejando todo bien cerrado. Corrí y corrí, hasta llegar a la Gare completamente sudado y transpirando horrible. Entré al tren 10 Segundos antes de que se fuera. Una vez más apliqué la de “llegar en último momento”. Creo, definitivamente, que ese evento sería uno de los desencadenantes de lo que pasaría en unos días más.
Llegué a Paris.
El solo hecho de estar allí ya me puso de buen humor. Paris y su magia siempre logra en mi tremendos efectos de alegría, y aunque ese día sería de sólo llegar y dormir, el querido metro parisino, la línea 6 si no me equivoco me dejo ver la Dama de Hierro resplandeciendo para mí. ¡Qué cosa más linda!
Marie me recibió con alegría y mucho sueño. Cené y no tarde en irme a la cama.
El día que siguió, lo compartí con dos amigos; Inma y David. También compartí con ellos “le sacre cœur” y una comidita en KFC, lo siento, sé que perdimos el glamour con eso.
Me despedí de ellos y llegué a la Gare du Nord con una bomba. Y aunque realmente no lo era, la seguridad parisina se lo creyó, así que impidieron las salida de RERs hacia Charles de Gaulle durante unos 20 minutos. Tiempo en el cual la gente se volvió loca y empezó a desesperar. Con todo y el retraso llegué al Aeropuerto. Tomé mi avión, y por la tarde Wien me esperaba.
Una vez allí, en Viena, tomé mi tren a Linz, hogar de dos amigos míos y meta de un fin de semana muy tranquilo.
El acento austriaco me despertaba y me rodeaba. Una vez más viví la experiencia de exótico en un lugar donde hay muy pocos extranjeros. Con todo y eso, amé esa tranquilidad y la madre de Matthias que siempre fue súper amable conmigo. El domingo fue un día Cachanilla, un buen momento para ponernos al día con Martín y hablar de desamores, conquistas y de los folklóricos mexicalenses.
Dejé Linz con cierta tristeza. Ya me sentía en casa. Pero Viena me tenía algo preparado.
Una Insbruckense (no sé si se diga así) muy simpática me recibió en su casa junto con su prima. Las cosas de la vida: una amiga de la misma ciudad que Vero, Antonia, me pasó el contacto y ella, Vero, no dudo en tenerme como huésped.
Hay que decir que Vero tiene el acento más interesante de español: vivió un año en Chile y otro en Argentina y sin embargo, habla más bien con un acento neutro.
Lo que pasaría al día siguiente nadie lo hubiera esperado, y menos yo.
En la mañana me levanté con mucho sueño. Nos desayunamos algo ligero y después salimos de casa para tomar el Tram. Justo allí la cosa empezó.
Le expliqué a Vero que no me sentía bien, que sentía mucha ansiedad y que eso normalmente tenía que ver con cosas que me preocupaban o cosas que pasaban en México. No le di mucha importancia y me despedí de ella para después tomar el Metro e irme a Schönbrunn. Fue ahí donde todo empezó. Palpitaciones, entumecimiento de mi mano izquierda, piquetitos en la caja toráxica y en el área del corazón, sudaración, mareos y ya después sensación de desrealización para terminar con la impresión de que no la iba a librar. En ese momento, sólo pensaba en mis papás, en nada más.
Esto, me parece fuertísimo, porque me di cuenta una vez más, que mis padres son mi todo y sin ellos no tengo nada.
Después del Ataque de Pánico, llegué a Schönbrunn y ahí decidí calmarme. Estaba bien sacado de onda, y la verdad es que se me hacía que si iba a estirar la pata. Curiosamente y automáticamente empecé a reparar en cosas como primeros auxilios y hospitales, por aquello de que me diera un patatús, incluso me encontré con unos mexicanos que estudiaban medicina en Viena.
Después me di cuenta que el angelote que siempre me cuida me procuraba tranquilidad y sanidad mental. La pobre de Vero estaba asustada y yo me sentía mal por eso. Pero después de todo un día ansiedad tenía que partir a Praga.Perdí el bus y tuve que tomar otro.
El recorrido fue hermoso. Sencillamente me encanto Bohemia, sus bosques y paisajes son hermosos.
Una vez en Praga mis ojos se abrieron bien grandes, porque esta ciudad vaya que es bella, sus edificios, la arquitectura tan variada y su horda de turistas la hacen más que especial.
Por fin estaba en Europa del Este. Y ya ahí me encontraba muy lejos de la historia comunista que vivió este país hace ya algunos años.
Lo mejor de Praga no fue su gente, sino una dulce brasileña que me salvó de la monotonía y la ansiedad. El tenerla a mi lado le dio un sentido muy distinto a la frase “Apoyo social”. Con Shaka pude reírme y quedarme en silencio. Los dos nos compartimos nuestros problemas y ambos nos alegramos de los pequeños momentos de Praga.
Dicen que dar es recibir, y yo creo que es muy cierto. La soledad que tanto anhelaba se vio realizada en un abrigo de manos y abrazos. Dios sabe que le agradezco que todo hay sido así.
Una vez de vuelta en Paris, me dejé llevar por la ciudad de las luces, donde como siempre fui feliz, ya sea con Marie o su familia, o el lindo domingo que pasé con Marianna otra amiga brasileña.
Hay algo que deben saber, siempre me pasa algo en las vacaciones. Aunque ya más bien creo que esto, es una especie de profecía sistémica. El punto es, que una vez más la vida me posicionó en otro lugar, bajo una nueva lupa con que mirar las cosas. Este viaje, fue un viaje de reflexión y un viaje de encuentros y reencuentros.
Espero, realmente, repetir esta experiencia pero sin la parte del Ataque. Y de eso, hablaré a profundidad en el próximo Post.
Un abrazo a todos.
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